Cada año, el Pacífico colombiano –desde el Chocó hasta Nariño– se convierte en escenario de dos fenómenos naturales emocionantes y sorprendentes: la llegada de las ballenas jorobadas (Megaptera novaeangliae), que viajan desde la Antártida para reproducirse, y la anidación de tortugas marinas, en particular la tortuga golfina (Lepidochelys olivacea) y la tortuga negra o verde del Pacífico (Chelonia mydas). Ambos espectáculos, que atraen una gran cantidad de visitantes nacionales y extranjeros, representan un privilegio, pero también un gran reto: disfrutarlas sin perturbarlas, contribuyendo al cuidado y conservación de estas especies.
Ballenas, gigantes que necesitan espacio
Entre junio y noviembre, las ballenas jorobadas llegan a las aguas cálidas del Pacífico colombiano para aparearse y parir sus crías. Para orientar un avistamiento juicioso, desde 2017 se cuenta con la Guía para la observación responsable de mamíferos acuáticos en Colombia, elaborada por el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible (Minambiente) y la Fundación Omacha. Este documento se ha convertido en una referencia técnica para autoridades y operadores turísticos, pues ofrece pautas claras sobre distancias, tiempos de observación y comportamientos seguros durante el avistamiento de ballenas, delfines y otros mamíferos acuáticos.
A nivel local, existen regulaciones que fortalecen este marco. Por ejemplo, la Resolución 0841 del 30 de mayo de 2024 de la Corporación Autónoma Regional para el Desarrollo Sostenible del Chocó (Codechocó) estableció medidas concretas para el avistamiento responsable de megafauna marina. Para las ballenas se indica: máximo tres embarcaciones cerca de un grupo, un tiempo de observación no mayor a 30 minutos (o 15 si hay varias lanchas) y una distancia mínima de 100 metros. Según explica la bióloga Kary Sánchez Minota, subdirectora Marino Costera y de Áreas Protegidas de dicha corporación, estas disposiciones se complementan con reglas esenciales como no nadar con ballenas, no alimentarlas, evitar maniobras bruscas, y reducir el ruido de motores y voces. Todo ello con el fin de prevenir episodios de estrés, proteger a los ballenatos y garantizar que la experiencia turística sea segura tanto para la fauna como para las personas.
De manera paralela, otras autoridades ambientales del Pacífico, junto con Parques Nacionales Naturales y Minambiente, han promovido lineamientos similares en sitios clave como Bahía Málaga y Buenaventura, en el Valle del Cauca, y Tumaco, en Nariño. A estas acciones se suman iniciativas de capacitación como las lideradas por la Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca (CVC), dirigidas a comunidades costeras y operadores turísticos, quienes son los primeros responsables de garantizar que el avistamiento de ballenas ocurra sin poner en riesgo su bienestar.
En este esfuerzo también han sido relevantes las contribuciones de especialistas como Gustavo Lara –profesional de la Dirección de Asuntos Marinos, Costeros y Recursos Acuáticos de Minambiente– quien ha subrayado la importancia del monitoreo científico como respaldo de la actividad turística, y el biólogo Esteban Duque –especialista en mamíferos acuáticos–, que ha trabajado en el fortalecimiento de capacidades comunitarias para que los beneficios económicos se alineen con la conservación. En un reciente webinar realizado por la Agenda del Mar, ambos especialistas anunciaron que actualmente están elaborando una circular para orientar el avistamiento responsable, y subrayaron que las normas solo tendrán impacto si se convierten en prácticas cotidianas y en cambios culturales dentro de las comunidades y entre los visitantes.

Laura Daniela Benítez Benítez

Juan José Solarte Santacruz
Tortugas marinas, conservar con datos y evidencia científica
El otro gran espectáculo natural ocurre entre julio y diciembre, cuando las tortugas marinas golfina y negra llegan a las playas del Pacífico para depositar sus huevos. Ambas especies están amenazadas a nivel nacional y global: la tortuga golfina está categorizada como vulnerable y la tortuga negra como en peligro. Para protegerlas, diferentes actores han implementado acciones de conservación y manejo, siendo cada vez más común el traslado de nidadas a viveros de protección o tortugarios.
Aunque esta medida ayuda a reducir las pérdidas ocasionadas por causas naturales y humanas, también impacta en el éxito de eclosión, las proporciones sexuales y el desempeño de los neonatos, afectando directamente sus probabilidades de sobrevivir y, a largo plazo, su estructura poblacional. Por eso, el Grupo de Especialistas en Tortugas Marinas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) advierte que los tortugarios deberían considerarse como una de las últimas alternativas de manejo, y nunca como la primera opción. Su implementación solo debería darse cuando responda a datos y evidencia científica, y siempre debe acompañarse de un monitoreo ininterrumpido que permita evaluar sus efectos reales.
Pese a estas recomendaciones, en Colombia se viene dando una proliferación de tortugarios. Según la bióloga Amalia María Cano-Castaño –directora general de la Fundación Coriácea–, esta tendencia podría responder no solo a la intención de proteger a las tortugas marinas, sino también a los beneficios que ofrece para el turismo, pues permite tener neonatos disponibles para ser observados durante su liberación y una infraestructura llamativa para atraer visitantes. Sin embargo, la construcción y mantenimiento de tortugarios demanda gran cantidad de recursos, que suelen respaldarse con indicadores de gestión (como número de nidos trasladados o de neonatos liberados) y no con indicadores poblacionales (como la densidad, el éxito de anidación y las proporciones sexuales) que demuestren la recuperación de las poblaciones de estas especies. Además, esta práctica concentra los esfuerzos en los los huevos y los neonatos, dejando en un segundo plano a juveniles y adultos en el mar, que están enfrentando amenazas críticas como la pesca incidental y la contaminación, por lo que requieren acciones urgentes y sostenidas.
Aun así, los tortugarios han acercado a más personas al conocimiento de las tortugas marinas, y se ha incrementado el interés por observarlas y ayudar a protegerlas. Para orientar prácticas de conservación y observación responsables, en 2014, Minambiente y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF Colombia) publicaron la Guía de conservación y observación de tortugas marinas en los Parques Nacionales Naturales de Colombia, elaborada por los expertos Diego Amorocho y Luis Alonso Zapata Padilla. Este documento reúne buenas prácticas para disminuir el impacto de la observación en playas de anidación: no usar linternas ni flashes, no acampar ni hacer fogatas, mantener a los animales domésticos alejados de las hembras anidantes y los nidos, y observarlas en silencio, a más de dos metros de distancia, sin tocarlas ni interrumpir su proceso natural.
La observación de tortugas marinas requiere también de normativa local emitida desde las autoridades ambientales territoriales. En este sentido, la subdirectora Sánchez Minota anunció que Codechocó publicó la Resolución 1096 del 21 de agosto de 2025 sobre la gestión de tortugarios en playas de anidación. Esta busca garantizar que tanto turistas como comunidades locales participen activamente en la conservación, sin poner en riesgo las tortugas.
En todo caso, a la hora de preparar el itinerario de viaje, una de las principales recomendaciones es elegir proyectos responsables que eviten a toda costa la retención de tortuguitas tras emerger del nido, la manipulación sin protección (guantes) y su liberación al mar en horas diurnas, prácticas inadecuadas que aumentan la vulnerabilidad de los neonatos y reduce sus probabilidades de sobrevivir.

Fotos: Becla

Turismo como aliado de la conservación
La llegada de las ballenas y las tortugas marinas al Pacífico colombiano es mucho más que un atractivo turístico: es un recordatorio del valor de la biodiversidad y de la responsabilidad que esta implica. Es prioritario respetar sus espacios, no interferir en sus desplazamientos ni generarles estrés. Estas son reglas básicas para un turismo responsable y coherente.
El reto, entonces, es colectivo. Autoridades ambientales, científicos, comunidades y turistas comparten la responsabilidad de cuidar estas especies. Solo así, las generaciones futuras también podrán escuchar el canto de las ballenas y ver a las crías de tortugas marinas correr hacia el mar bajo la luz de la luna.
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