La expedición antártica de Jorge Barco y la búsqueda de una geografía sonora del planeta

Jorge Barco
Jorge Barco
En tiempos dominados por la imagen y la velocidad, Jorge Barco propone algo aparentemente sencillo, pero profundamente transformador: detenerse a escuchar.

Mucho antes de llegar a la Antártida, Jorge Barco ya seguía una ruta trazada por el sonido. Su trabajo en el Pacífico colombiano, particularmente en el golfo de Tribugá, lo había llevado a desarrollar investigaciones en torno a la bioacústica y al paisaje sonoro, registrando los cantos de las ballenas jorobadas y construyendo sus propios dispositivos de escucha. Sin embargo, aquellas grabaciones terminarían abriendo preguntas más amplias: ¿de dónde vienen las ballenas?, ¿qué otros territorios conectan sus migraciones?, ¿cómo suena el planeta más allá de aquello que estamos acostumbrados a ver?

Fue precisamente esa inquietud la que dio origen a Resonancias, diálogos sonoros en Tierra Antártica, el proyecto con el que Barco fue seleccionado por el Proyecto Colombiano de Arte en la Antártida, una iniciativa impulsada por la artista Natalia López y articulada con el Programa Antártico Colombiano, que desde hace más de una década fortalece la presencia científica nacional en el continente blanco mediante alianzas internacionales. Cada año, esta convocatoria abre un espacio para que artistas de distintos lugares del mundo participen en expediciones tradicionalmente reservadas a la investigación científica.

Aunque durante años había observado con interés las convocatorias antárticas, el deseo de viajar hacia el extremo sur surgió realmente después de su experiencia en Tribugá. Las mismas ballenas que había estudiado en el Pacífico se convirtieron en el vínculo natural entre Colombia y la Antártida. Lo que comenzó como una investigación sobre acústica marina terminó transformándose en una exploración más amplia sobre las conexiones invisibles entre los ecosistemas.

Tras un año de preparación, exámenes médicos y protocolos logísticos, Barco emprendió el viaje. Mientras el buque oceanográfico ARC Simón Bolívar partía desde Cartagena con científicos colombianos, él se desplazó en un avión Hércules de la Fuerza Aérea hasta Chile. Allí compartió parte del trayecto con otras dos artistas seleccionadas, aunque cada una sería destinada a una base distinta. A Jorge le correspondió la Base Profesor Julio Escudero, perteneciente al Instituto Antártico Chileno y ubicada en la isla Rey Jorge, una de las zonas más activas en materia de investigación científica.

Antes de arribar a la Antártida, aprovechó varios días en Punta Arenas para profundizar estudios previos sobre la Patagonia, Tierra del Fuego y Torres del Paine, territorios donde los fiordos y glaciares revelan una continuidad ecológica con los ecosistemas australes. Posteriormente embarcó en el buque científico español Hespérides compartiendo cinco días de navegación con geólogos, oceanógrafos y especialistas dedicados a estudiar los fondos marinos y la dinámica del océano austral mientras cruzaban el paso Paso de Drake.

Aquella convivencia representó uno de los aspectos más significativos de la experiencia. Más allá del diálogo teórico entre arte y ciencia, la expedición permitió vivir esa relación de manera concreta. Ya en la base, durante veintidós días, Barco formó parte de una comunidad integrada por cerca de cincuenta investigadores de diferentes países. Cada noche, los equipos compartían avances, necesidades y objetivos, construyendo una dinámica de cooperación permanente.

La Península Antártica constituye uno de los lugares donde el cambio climático se manifiesta con mayor intensidad. Por ello, las investigaciones desarrolladas allí abarcan desde estudios atmosféricos hasta contaminación marina, mortalidad animal y biodiversidad microbiana. En ese contexto, Barco llegó como un artista entre científicos, aunque pronto encontró en esa condición una oportunidad para integrarse a diferentes proyectos y explorar el territorio desde una perspectiva distinta.

Su propuesta se estructuró alrededor de tres categorías desarrolladas por el compositor y paisajista sonoro Bernie Krause: las geofonías, relacionadas con los sonidos de la Tierra; las biofonías, asociadas a las especies vivas; y las antropofonías, correspondientes a las huellas sonoras humanas. Equipado principalmente con hidrófonos, geófonos y micrófonos experimentales construidos por él mismo, comenzó a registrar glaciares, corrientes de agua, fauna y la actividad cotidiana de las bases científicas.

Sin embargo, la realidad antártica presentó desafíos inesperados. El viento permanente dificultó enormemente las grabaciones aéreas. Lejos de representar una limitación, aquella condición terminó convirtiéndose en una posibilidad creativa. Durante los días en que las condiciones climáticas impedían salir de la base, Barco construyó un instrumento experimental utilizando materiales reciclados y restos óseos de ballenas, pingüinos y elefantes marinos encontrados en el entorno, siempre bajo autorización científica. Así nació una nueva arpa de viento, resultado de una investigación que el artista viene desarrollando desde hace casi dos décadas y que le permitió transformar la fuerza del clima en una fuente sonora.

Uno de los hallazgos más importantes fue comprobar la eficacia de los hidrófonos desarrollados en Colombia. Estos dispositivos, capaces de registrar vibraciones transmitidas por el agua, el hielo y las estructuras minerales, resultaron ideales para captar el sonido del derretimiento de glaciares y los movimientos internos de los icebergs. Gracias a ellos logró obtener registros inéditos del deshielo, revelando un universo acústico imperceptible para el oído humano.

Paralelamente, junto con la Universidad de San Buenaventura y la Facultad de Ingeniería de Sonido, desarrolló experimentos basados en respuestas al impulso acústico. A través de este proceso consiguió capturar las propiedades reverberantes de cuevas glaciares y cavernas rocosas. El resultado permite recrear acústicamente esos espacios y transportar sus características sonoras a composiciones o experiencias inmersivas, como si el oyente estuviera físicamente allí.

Paradójicamente, las ballenas, que habían sido el impulso inicial del proyecto, no pudieron ser grabadas durante esta expedición. Las observó, estuvo cerca de ellas y comprendió las dificultades técnicas que implica registrar sus vocalizaciones en zonas de alimentación. Sin embargo, lejos de representar una ausencia, aquella imposibilidad confirmó una intuición fundamental: los sonidos registrados años atrás en Tribugá pertenecen a las mismas ballenas que habitan la Antártida. La migración convierte ambos territorios en un único paisaje sonoro.

Actualmente, Barco trabaja en la organización de un banco de aproximadamente ochenta registros que incluyen sonidos de pingüinos, lobos marinos, desprendimientos de hielo, corrientes glaciares, aguas, vientos, sonidos de las bases científicas etc. A partir de este archivo ha invitado a treinta artistas y músicos de Colombia, Chile, España y Portugal a crear un álbum colectivo construido sobre los sonidos originales de la Antártida.

Pero más allá del resultado artístico, el propósito de la investigación es otro: sensibilizar. Del mismo modo en que las grabaciones de ballenas realizadas por Roger Payne en la década de 1970 contribuyeron a movilizar la opinión pública mundial contra la caza indiscriminada, Barco entiende la escucha como una herramienta ecológica y política. Amplificar el sonido de un glaciar derritiéndose es, en el fondo, hacer audible una transformación planetaria que muchas veces permanece fuera de nuestra percepción.

Su trabajo no busca separar naturaleza y humanidad, sino evidenciar las conexiones que existen entre ambas. Después de todo, el canto de una ballena en el Pacífico colombiano, el desprendimiento de un glaciar antártico y el viento golpeando una escultura sonora forman parte de una misma trama. En tiempos dominados por la imagen y la velocidad, Jorge Barco propone algo aparentemente sencillo, pero profundamente transformador: detenerse a escuchar. Porque quizás comprender el planeta no dependa solamente de verlo, sino de aprender nuevamente a oírlo.

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