Por, María José Ospina Restrepo
Directora, Agenda del Mar
Junio es el mes en el que el trabajo oceánico se vuelve más visible porque muchas manos lo alzan al mismo tiempo. El Día Mundial de los Océanos —que se celebra el 8 de junio— nació precisamente de esa convicción: que los desafíos del océano no tienen solución si cada organización trabaja en su propio corredor. La propuesta que inspiró el World Ocean Day desde sus orígenes fue radical en su simpleza, al buscar que instituciones diversas, con enfoques distintos y escalas diferentes, pusieran sus miradas en un mismo horizonte azul. Ese fue el espíritu que marcó cada uno de los días que viví este mes, y que confirma, una vez más, que la cultura oceánica es siempre un proyecto colectivo.
Santa Marta: la ciencia y la calle
Llegué a Santa Marta a trabajar con aliados que comparten el mismo Norte pero distintos instrumentos. Con el Invemar en su jornada de Puertas Abiertas —donde la ciudad entera pareció querer entrar a conocer el mar que tiene al frente—, entendí que la ciencia también necesita sus propias formas de salir al encuentro de la gente.La conversación con el capitán Arias, director del instituto, será parte del próximo podcast de la Agenda: un diálogo sobre como ambos hemos tenido que ajustar las velas más de una vez sin perder el rumbo en más de 30 años de trabajo oceánico.

CIM Caribe fue otro de esos encuentros que reafirman el valor del trabajo sostenido. Su espacio de exhibición se ha convertido en un lugar donde la conservación y la ciencia son inseparables y donde el entusiasmo de su equipo durante la Semana de los Océanos tenía algo contagioso que iba mucho más allá del protocolo. En los eventos también fue donde conocí a Ramsés: un niño, apasionado por los océanos, que sacó el juego de la Agenda del Mar y me invitó a jugarlo con él. En ese momento entendí mejor que nunca para qué hacemos lo que hacemos.


En Santa Marta también me reencontré con Sandra García, diseñadora que desarrolló un buff para enseñar sobre el pez león, quien además coincidió con Ángel —pescador de La Guajira que encontró en esa especie invasora una forma de sostener el trabajo de los pescadores y hacerle un favor al mar— y con el chef, de la Cefichería, que lo sirve en ceviche con plena conciencia. Cuando estuvimos en el mismo lugar entendí que eso es la cultura oceánica circulando de verdad: cada quien con su lenguaje, todos empujando en el mismo sentido. Por otro lado, también tuve la presentación del documental de CoralTheca en el Hotel Karaya, que abrió sus puertas con una generosidad que agradezco, y donde las conversaciones que se generaron después de la proyección resultaron tan importantes como el documental mismo.

Y en el Invemar de Puertas Abiertas estuvieron también las Exploradoras del Mar, el grupo de jóvenes que Elizabeth Pizarro viene formando con el mar como aula, y a quienes pudimos mostrarles el documental de CoralTheca —una siembra en jóvenes que viven frente al mar pero que, como tantos, aún no han aprendido a observarlo.


Islas del Rosario: lo que crece despacio es lo que dura
De Santa Marta a las Islas del Rosario, el mar continuó siendo el hilo. Llegar al Parque Nacional y encontrar a Carolina y Ana Sofía —biólogas del equipo de CoralTheca— trabajando en la temporada de desove del coral cerebro ranurado con un rigor y una entrega que me dejaron sin palabras, fue de esos momentos que nos quedan en el alma. CoralTheca ya no es solo una idea soñada, sino un equipo. Elvira y Jorge como mentores, voluntarios de países distintos, Parques Nacionales, Diving Planet, Ecomares, Vida Silvestre con Juan Carlos Noreña volviendo al mar después de años, todo eso sostenido por el apoyo de Loro Parque. Una red real conservando los corales.



Y en eso radica la lección más importante de este mes, que la cultura oceánica no se construye en eventos ni en declaraciones. Se construye cuando Alejandro lleva dos meses de voluntario aprendiendo sobre corales, cuando Tom, dive master belga, se pone bien puesta la camiseta de los arrecifes colombianos, cuando Ariel, se mete de lleno a un proyecto que toca el ecosistema de su tierra. Se construye en ese momento de puertas abiertas donde un niño encuentra en el Invemar la respuesta a una pregunta que no sabía que tenía. Se construye en 35 años de siembra.
A veces me genera frustración sentir que el bosque que queremos sembrar parece no crecer lo suficientemente rápido. Pero entonces llega junio, y el mar reúne a todas esas personas en distintos rincones del Caribe colombiano, y uno entiende que sí está pasando algo. Que la red existe. Que es más densa de lo que parece desde adentro. Y que basta con seguir trabajando desde el amor, el respeto y la conexión profunda con el océano, como llevamos haciendo desde que creímos que una agenda podía llevar el mar adentro, con la convicción que el mar empieza en casa.
¡BUEN VIENTO Y BUENA MAR!





