El pacífico Sudeste es uno de los ecosistemas marinos más productivos del planeta. Desde mediados del siglo XX, las discusiones sobre la caza de ballenas y los recursos marinos llevaron a los países de la región a plantear la necesidad de delimitar un espacio propio de manejo. Así nació la idea de la Zona Económica Exclusiva y la jurisdicción de las 200 millas náuticas, principio que transformó la gobernanza oceánica y que en 1952 cristalizó en la creación de la Comisión Permanente del Pacífico del sur (CPPS).

Juan David Valencia
Con el paso de las décadas, la conciencia ambiental fue ganando terrero. En 1981, los Estados (Chile, Colombia, Ecuador, Panamá y Perú) adaptaron el Plan de Acción del Pacífico Sudeste, un hito que sentó las bases para una mirada integral hacia el medio marino y las zonas costeras. Posteriormente, en 1989, se firmó el Protocolo para la Conservación y Administración de las Áreas Marinas y Costeras Protegidas, instrumento vinculante que abrió la puerta a la posterior creación de la Red Regional de Áreas Marinas y Costeras Protegidas del Pacífico Sudeste, hoy conocida como RAMPAS. Desde entonces, se han desarrollado reuniones técnicas y planes de trabajo que han buscado consolidar un sistema regional sólido, en diálogo constante con compromiso internacionales como el Convenio sobre Diversidad Biológica y el marco mundial de Kunming Montreal.
El recorrido no ha sido lineal. Durante mucho tiempo, la región avanzó más en normas y declaraciones que en mecanismos de implementación real. Sin embargo, los cambios globales de las últimas décadas — desde los Objetivos del Milenio hasta la Agenda 2030 y el Marco Mundial de Biodiversidad con la meta 30×30— han impulsado a los Estados a traducir compromisos en acciones concretas. Hoy, con el anuncio de RAMPAS en la UNOC3 de 2025, la Red se posiciona como un organismo vivo que responde a los retos de nuestro tiempo: la conservación de especies migratorias como ballenas, delfines, tiburones, tortugas y mantarrayas (a través del proyecto Save the Blue Five) que trascienden fronteras; la protección de ecosistemas frágiles frente al cambio climático y la reducción de presiones crecientes como la contaminación por plásticos, el ruido submarino y la sobreexplotación. No obstante, persisten desafíos profundos. Uno de ellos es asegurar que las áreas protegidas no sean solo declaraciones en mapas, sino espacios gestionados con recursos, monitoreo y participación de las comunidades. Otro reto es articular la gobernanza más allá de las fronteras nacionales, generando confianza y coordinación en una región diversa en contextos políticos, económicos y sociales. Además, sin mecanismos sólidos de cooperación e inversión a largo plazo, las Áreas Marinas Protegidas (AMP) corren el riesgo de quedarse en iniciativas.
Mirando hacia el futuro, RAMPAS busca fortalecer la gobernanza oceánica regional
mediante la integración con otras iniciativas como el Corredor Marino del Este Tropical (CMAR), el Domo Térmico de Centroamérica o la propuesta de la Área Marina Protegida Dorsal de Nazca, Salas y Gómez. La primera fase 2025-2035 será decisiva para consolidar un sistema que combine ciencia, investigación, tradiciones ancestrales, cooperación internacional y resiliencia comunitaria, buscando a su vez asegurar la seguridad alimentaria.
Tras más de tres décadas de esfuerzos, la historia de RAMPAS demuestra que la región ha sido pionera en imaginar y construir un océano protegido colectivamente. Los aciertos están en la creación de un marco legal e institucional robusto, los avances en cooperación y el creciente reconocimiento internacional. Los retos siguen siendo enormes, pero también lo es la oportunidad.






