Cada año, entre febrero y julio,la tortuga caná (Dermochelys coriacea), la más grande delas tortugas marinas, llega a las playas de Acandí, en el norte del Chocó, para anidar. Su nombre científico alude a su caparazón flexible, similar al cuero, que la diferencia del resto de las tortugas marinas. Es una especie altamente migratoria: las hembras que desovan en Acandí vienen desde las frías aguas canadienses, en el Atlántico Norte, donde se alimentan de medusas y otros invertebrados gelatinosos. Aunque globalmente está catalogada como Vulnerable, en Colombia continúa En Peligro Crítico.
Anteriormente, esta llegada fue vista como una oportunidad para la cosecha de huevos,muy apetecidos por los habitantes de la región. Investigaciones realizadas a finales de los años ochenta y comienzos de los noventa por José Vicente Rueda Almonacid y otros investigadores del entonces Inderena, así como trabajos académicos de estudiantes de Biología de la Universidad de Antioquia, identificaron estas playas como uno de los sitios de anidación más importantes del Caribe colombiano. Al mismo tiempo, documentaron niveles críticos de depredación de nidos, sumados a impactos de la pesca industrial y la degradación de los ecosistemas marinos.
Jornadas de Protección de la Tortuga Caná, conservación desde la comunidad
Frente a este panorama, en 1993, la Fundación Darién–entidad sin ánimo de lucro dedicada a la conservación ambiental y al desarrollo sostenible en la región del Darién colombiano y el oriente antioqueño–impulsó las Jornadas de Protección de la Tortuga Caná, un programa integral que articuló educación ambiental, protección de nidos y neonatos, e investigación científica. Desde su concepción, el proceso partió de una idea central: la conservación solo sería posible si la comunidad local se apropiaba de ella.
Las Jornadas se desarrollaban durante la temporada de anidación e incluían patrullajes nocturnos, traslado de nidos a corrales de protección, liberación de crías, limpieza de playas y talleres comunitarios.En entrevista realizada para este artículo, Claudio Madaune, uno de los impulsores del proceso, explicó que las Jornadas comenzaron el mismo año de la creación de la Fundación como un llamado biorregional a los amigos del golfo de Urabá, entendiendo a la tortuga caná como un símbolo carismático y emblemático del territorio.
Según Madaune, el proceso se sostuvo durante siete años, hasta el año 2000, casi exclusivamente con trabajo voluntario. Participaron habitantes de Acandí, personas de otros municipios del golfo como Capurganá, Apartadó y Necoclí, integrantes de la Asociación de Estudiantes de Ciencias Biológicas (Anecb) seccional Antioquia y voluntarios externos. Más allá de la protección de la especie, las Jornadas buscaron fortalecer el empoderamiento comunitario, el sentido de pertenencia y el encuentro entre poblaciones afrodescendientes, indígenas y mestizas, recorriendo veredas como San Miguel, Peñaloza y, de manera central, La Playona. Más adelante, las Jornadas fueron coordinadas por diferentes actores que gestionaron recursos de fuentes diversas para su ejecución, hasta aproximadamente el año 2016.
El Festival de la Tortuga Caná, una expresión cultural de la conservación
En el marco de estas Jornadas, durante la Semana Santa de 1993, se realizó el Primer Festival de la Tortuga Caná. Tal como quedó documentado en un informe interno de la Fundación Darién elaborado por Claudio Madaune en 1998, el Festival no surgió como un evento turístico independiente sino como una expresión cultural del proceso de conservación. En su segunda versión se incorporó el Reinado de la Tortuga Caná, protagonizado por niñas de entre seis y diez años, concebido como una herramienta pedagógica basada en acciones ambientales como el reciclaje, la siembra de árboles y la limpieza de playas.
Con el paso de los años, la dimensión cultural del proceso se amplió. De acuerdo con el relato de Madaune, se compusieron al menos nueve canciones dedicadas a la tortuga caná con ritmos como bullerengue, rap y son, creadas por personas de la comunidad y colaboradores externos. A esto se sumaron murales, grafitis, esculturas, talleres artísticos como el “Ciclo Caná” y consignas colectivas que fortalecieron el orgullo local.



El crecimiento del Festival también trajo desafíos. En la entrevista, Madaune señaló que años después surgieron tensiones asociadas al énfasis creciente en lo festivo, lo que motivó reflexiones internas sobre la necesidad de preservar el sentido ambiental y pedagógico del proceso. Estas tensiones fueron analizadas académicamente por Marcela Acosta Gutiérrez en 2005, quien en la revista Turismo y Sociedad examinó la relación entre conservación y turismo comunitario en Acandí, reconociendo tanto el valor del Festival para la sensibilización como los riesgos asociados al aumento de la presión turística.
Desde una mirada más amplia, las Jornadas de Protección y el Festival asociado han sido reconocidos como un ejemplo de apropiación comunitaria de la conservación marino-costera. En 2014, la líder indígena Telemina Barros Cuadrado destacó este proceso en el Simposio IV Colombia País de Mares, resaltando su aporte a la construcción de acuerdos comunitarios para la protección de playas de anidación. La dimensión cultural del proceso también quedó registrada en el video Tortugas caná, bullerengue, paz y conservación, publicado por la Fundación Darién en 2019, donde se muestra la articulación entre música tradicional, identidad territorial y conservación.
Áreas protegidas, gobernanza y retos actuales
El proceso iniciado en 1993 dejó resultados duraderos. Las Jornadas de Protección de la Tortuga Caná contribuyeron al fortalecimiento organizativo comunitario y a la declaratoria de áreas protegidas como el Distrito Regional de Manejo Integrado La Playona y Loma de Caleta, y el Santuario de Fauna Acandí, Playón y Playona.
En la actualidad, los tres consejos comunitarios desempeñan roles importantes en la conservación de la tortuga caná. Cocomasur realiza el monitoreo en La Playona junto a Parques Nacionales Naturales; Cocomaseco acompaña el monitoreo en el Playón de Acandí en articulación con Codechocó; y Cocomanorte cumple un papel clave en procesos de educación ambiental y formación comunitaria.
Según Madaune, las transformaciones culturales se han hecho visibles en el paisaje urbano y cotidiano de Acandí. Hoy, donde antes era el colegio, la tortuga caná está presente en el Parque Recreo-Deportivo Mi Caná–donde se levanta un monumento a gran escala–; así mismo, este reptil marino se entreteje en la vida de los acandileros que la ven en los arreglos navideños, en la imagen institucional de la Alcaldía, en empresas de transporte marítimo, en hoteles y en espacios públicos. Esta especie dejó de ser vista únicamente como un recurso y pasó a convertirse en un símbolo identitario del municipio.
No obstante, no se cuenta con información sistematizada que permita evaluar los resultados del Festival durante los últimos años. La información reciente se asocia principalmente a eventos impulsados por la administración municipal, con enfoques distintos al proceso original. En este sentido, recopilar y analizar de manera integral la historia de los festivales y sus impactos sociales, culturales y ambientales constituye una oportunidad relevante de investigación.
Mirar hoy el Primer Festival de la Tortuga Caná permite reconocer que la conservación también puede construirse desde la cultura, la música y el encuentro comunitario. En Acandí, la protección de la caná se transformó en una historia compartida donde cuidar la biodiversidad ha sido también una forma de fortalecer la memoria, el territorio y la organización colectiva.
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