Amar la mar

La canoa avanza por la ciénaga grande de Santa Marta, sentada en la proa va María José Ospina, le encanta descubrir cosas y aprender sobre mares, ríos, ciénagas y litorales. Tiene una obsesión por recorrer todos los lugares que tienen alguna injerencia en los océanos.

Maria José Ospina, directora de la Agenda del Mar. En 1990 cuando empezó a bucear su vida cambió, el buceo le abrió las puertas a su gran amor: el mar. Puedes verla fotografiando una cigüeña gris, un mono aullador, una bandada de cormoranes o el mangle rojo; o encontrarla buceando en la escalera al cielo en las aguas de Providencia o en la Pared del fantasma en la Isla Malpelo, limpiando una playa del Caribe con los guardianes de los océanos, en alguna comunidad del Pacífico colombiano concientizando con talleres o en el río Orinoco documentando un artículo.

Hace más de treinta años en Isla Fuerte inició con un proyecto dirigido a los buzos, a medida que fue visualizando las amenazas a este espacio azul aprendió a ajustar las velas de su empresa hasta llegar a la Agenda del Mar que hoy en día conocemos. Quiere cambiar el mundo, o por lo menos hacerlo un lugar mejor, para lograrlo reúne expertos en todos los campos del mar para conectar a las personas con los océanos.

En Medellín están las instalaciones de la Agenda, y aunque el mar no está en la puerta, si está equidistante a los extremos de nuestros litorales y de nuestros territorios insulares, teniendo en cuenta que hace por lo menos diez viajes al año, este lugar es algo estratégico. Se mueve entre la biblioteca, la oficina comercial y la de comunicaciones. Va contestando mensajes, revisando redes, contactando colaboradores y coordinando reuniones y conferencias. Su oficina está decorada con las colecciones de marineros y las ediciones de Moby Dick, tiene una canoa, las portadas de las ediciones de la Agenda, una escafandra, una réplica del mascarón de proa del buque Gloria… prepara el ambiente propicio para pensar y producir.

Siempre tiene un nuevo proyecto, en 2021 está pensando en la agenda del 2023, pero tiene los pies en la tierra dirigiendo la agenda del 2022, gerenciando las actividades que requiere la empresa y apuntando a sus sueños.

Su vida personal está ligada a la Agenda del Mar, esta es su hija. Su padre posee el título de editor emérito y su madre está presente en la creatividad de cada edición de la Agenda del Mar. El tiempo le alcanza para hacer yoga y leer al menos dos horas diarias, siente una fascinación por los libros y su biblioteca de mar está llena de volúmenes que han llegado al pasar de los años.

Dice que sus grandes amigos son sus hermanos de vida, bien sea sus compañeras del colegio a las que contagió con sus sueños o los que el mar le ha traído, disfrutan de la cocina, de compartir un café, un chocolate amargo o un ron. Con ellos se goza la vida, unidos por el viento, el olor del salitre, la poesía, la literatura, las velas, el buceo, los barcos, la aventura, las buenas conversaciones o el sonido del mar. Su amistad va más allá de palabras y está segura de querer encontrárselos, si es posible, en otras vidas.

Enamorada de las ballenas, le brillan los ojos por el planeta océano. Trabaja con pasión y disciplina en su misión de luchar por la conservación del mar, está convencida que pequeñas acciones pueden generar grandes cambios en el planeta.

Los libros que me llevaron al mar 

Hay libros que se leen una vez y otros que terminan formando parte de nuestra historia. Esta selección reúne diez títulos ilustrados que, durante años, han alimentado mi fascinación por el océano y me recuerdan que el amor por el mar también puede comenzar lejos de la costa: entre páginas, ilustraciones y la imaginación.

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El mes en que el océano nos convocó  

Durante el mes de junio, el océano no fue solo escenario: fue convocatoria. En Santa Marta y en las Islas del Rosario, científicos, comunidades, niños, voluntarios y organizaciones de toda índole confluyeron con una certeza compartida, los océanos nos necesitan unidos.

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Jorge Barco

Escuchar el planeta con Jorge Barco

Con hidrófonos construidos en Colombia y un arpa hecha de huesos de ballena, Jorge Barco viajó a la Antártida a registrar lo que no se ve: el sonido de un glaciar derritiéndose, la huella acústica de una migración, el pulso de un mundo en transformación.

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