Por: Elvira Alvarado, Dr.Sc. Directora Ejecutiva Fundación ECOMARES.
Durante estos años los arrecifes del Caribe colombiano gozaban de una salud ecológica notable. El colorido y la vida vibrante era lo más común. La visibilidad del agua superaba los 20 metros y los corales estructurales como Acropora palmata y Acropora cervicornis formaban densas matrices coralinas con fauna diversa. Werding y Sanchez reportaron que en el 77 «había grandes extensiones de Acropora en perfectas condiciones en las Islas de Rosario». Abundaban los Cardúmenes de peses como chernas, pargos, tiburones gato, además de esponjas y grandes cantidades de erizo negro Diadema antillarum. Los peses loros se agregaban en grandes cardúmenes. El pez ángel francés y las ajonas, así como los caracoles Cyprea y el caracol lengua de flamenco eran frecuentes.
El inicio del declive
A mediados de los 80 se registró en las Islas del Rosario una pérdida cercana del 90% de Acropora palmata y Acropora cervicornis, especies dominantes en los 70. Se documentaron los primeros eventos de blanqueamiento y una proliferación de algas pardas (Dictoya), favorecida por la mortalidad masiva del erizo negro (Diadema antillarum) , cuya función herbívora es esencial para mantener el equilibrio arrecifal. La combinación de pérdida de corales estructurales y aumento de algas marcó el inicio de un cambio de fase en los arrecifes del Caribe colombiano.
Los años 90: crisis y conocimiento
El deterioro arrecifal se aceleró con enfermedades (banda negra, banda blanca, lunares oscuros), blanqueamientos severos y la pérdida de especies como Gorgonia ventalina. Las aguas superaron los 32 *C durante meses, intensificando el estrés coralino. A pesar de la crisis, los 90 marcaron la consolidación del conocimiento científico en Colombia:
se hicieron los primeros mapeos, atlas y líneas de monitoreo, y por primera vez el país supo cuántos arrecifes tenía, dónde estaban y cuál era su estado. En 1999, Ove Hoegh-Guldberg advirtió que los arrecifes podrian colapsar antes de mediados del siglo XXI, una predicción que hoy comienza a cumplirse.
Siglo XXI: plagas y restauraciones incipientes
La primera década del siglo trajo nuevas enfermedades, como la plaga blanca detectada en 2003 en Serrana, y fuertes blanqueamientos en 2005 y 2010. Surgieron las primeras iniciativas de restauración con trasplantes y fragmentación, más simbólicas que efectivas, pero que abrieron camino.
2010-2024: entre la innovación y la peor crisis
En estos años se agudizó la crisis arrecifal y al mismo tiempo avanzaron las técnicas de restauración. La enfermedad de pérdida de tejido (SCTLD) arrasó más del 70% de colonias en San Andrés y el blanqueamiento global de 2023-2024, el más severo registrado, borró especies como Agaricia. Sin embargo, en 2025 algunos arrecifes continentales mostraron señales de resiliencia.
¿Resiliencia o punto de quiebre?
La ciencia arrecifal ha avanzado desde 2010, incorporando técnicas como la microfragmentación, propagación larval, uso de probióticos y estudios del microbioma coralino. La restauración se orienta ahora hacia la restauración funcional, buscando preservar funciones ecológicas clave con especies resistentes. Estudios sobre control biológico revelan los efectos de la pérdida de tortugas Carey, peces ángel y erizos. Sin embargo, aunque el conocimiento local crece, los arrecifes siguen amenazados por factores globales como el cambio climático, la acidificacion y nuevas enfermedades.
El avance científico no bastará sin transformaciones profundas, voluntad política y cooperación internacional para atacar las causas del deterioro y evitar un colapso irreversible.

A pesar de la crisis ecológica, los años 90 marcaron un punto de
inflexión: Colombia supo por primera vez cuántos arrecifes tenía, dónde estaban y cuál era su estado.





