El ojo que espera en el bosque 

La fotografía con cámara trampa está revelando mundos invisibles —animales esquivos, comportamientos nunca antes capturados— y convirtiéndose en una de las herramientas más poderosas para la conservación de especies amenazadas. Juan Camilo Botero lleva nueve años aprendiendo a escuchar el bosque. Estas son sus imágenes… y sus lecciones.

Con la voz de Juan Camilo Botero, fotógrafo y fototrampero. 

Imagina entrar a un bosque de montaña, leer en el barro las huellas de un tigrillo andino, olerte las plantas que rozó en su último paso, y decidir —sin verlo, sin esperar verlo— exactamente el punto de luz donde quieres que aparezca su retrato. Montas tu cámara, calibras tus flashes, tiendes un haz infrarrojo invisible entre dos árboles. Y te vas a casa. Días después, a veces semanas, regresas. La mayoría de las veces no hay nada. Pero una noche entre muchas, el tigrillo cruzó. Y la imagen que dejó es de una intimidad que ningún lente sostenido por una mano humana hubiera podido lograr. 

Eso es el fototrampeo. Y en Colombia, Juan Camilo Botero es uno de sus pocos practicantes. 

«Yo no me considero un fotógrafo de profesión —confiesa este fotógrafo antioqueño con quince años de trayectoria— me gusta más sentirme como un observador del bosque, como alguien que entra a un entorno natural y trata de entenderlo y verlo con detalle, de leer sus características, de intentar pensar en esos animales.» Su pasión por los mamíferos de montaña —el ecosistema andino que, dice, «es donde mejor me muevo, donde más a gusto me siento»— lo llevó a descubrir esta técnica hace nueve años, en un curso en Casanare, de la mano de un fotógrafo brasileño. Fue amor a primera imagen. 

Biología antes que tecnología 

Una cámara trampa, en su sentido técnico, es un sistema que dispara automáticamente cuando un sensor detecta movimiento o calor. La versión científica —usada desde hace décadas en investigación de fauna— se instala en rejillas sistemáticas para registrar animales sin atraerlos ni interferir: estima poblaciones, registra patrones de actividad, identifica individuos. Pero el fototrampeo creativo que practica Juan Camilo es otra cosa: es montar un estudio fotográfico completo en plena selva. Flashes externos, sensores de barrera infrarroja, carcasas selladas contra la lluvia y los roedores. La diferencia no es la tecnología —es todo lo que ocurre antes de que llegue el animal. 

«El proceso empieza cuando uno entra a reconocer el bosque —explica Juan Camilo— a tratar de leerlo, a leer esas señales que dan los animales por ahí, para uno intentar predecir dónde viven, cómo se mueven.» Para fotografiar mamíferos nocturnos —danta de montaña, oso andino, tigrillo— que evitan sistemáticamente la presencia humana, hay que volverse, antes que fotógrafo, biólogo de campo. El sensor dispara. Pero la fotografía la diseña quien estudió al animal. 

Ocarros: Juan Camilo Botero
Ocarros: Juan Camilo Botero

Montar un estudio en la oscuridad 

El corazón del sistema es el sensor. Hay dos familias principales: los PIR —infrarrojos pasivos que detectan calor y movimiento en un área amplia, pero que pueden disparar en falso con el viento o el suelo caliente— y las barreras infrarrojas, que crean un haz invisible entre transmisor y receptor: cuando el animal lo corta, dispara exactamente en el punto de enfoque. Más precisas, más exigentes. El fotógrafo elige su arma según el animal, el terreno y la paciencia disponible. 

En la noche, el fotógrafo se convierte en el sol. La cámara se configura en manual —diafragma cerrado alrededor de f/9 para ganar profundidad de campo sin saber el centímetro exacto por donde pasará el animal, ISO moderado para no forzar los flashes ni agotar las baterías, enfoque fijo para que la cámara no decida por sí sola en la oscuridad—. Y dos o tres flashes externos colocados a distintos ángulos: uno ilumina al sujeto, otro da volumen, un tercero puede iluminar el fondo para que el contexto del ecosistema no desaparezca en negro. El truco para congelar el movimiento no está en la velocidad de obturación, sino en la duración del destello: cuanto más baja la potencia del flash, más corto y preciso el disparo de luz. El resultado, cuando sale bien, parece un retrato de estudio. Solo que el sujeto nunca supo que estaba posando. 

Y luego está la intemperie —enemiga número uno del fototrampero—, y la condensación, enemiga número dos. Carcasas selladas, baterías de larga duración, sistemas inalámbricos que dan más flexibilidad en la ubicación del equipo» pero exigen planificación rigurosa. En los tutoriales del oficio hay una sentencia que se repite con humor y resignación: «si puede salir mal, saldrá mal». Montar y ajustar siempre toma más tiempo del esperado. El equipo pesa. El bosque tiene dientes. 

Danta: Juan Camilo Botero
Danta: Juan Camilo Botero

La foto que mueve la ciencia —y las conciencias 

«En realidad, casi nunca hay fotos buenas al final —admite Juan Camilo sin nostalgia— se falla un montón, salen muy pocos resultados.» Pero cuando aparecen, esas imágenes valen por sí solas. Ha acompañado con su trabajo la recategorización del tigrillo andino como nueva especie —proceso formalizado en 2024— y la documentación de la danta de montaña y el oso andino: todos en peligro de extinción, todos difíciles o imposibles de fotografiar por métodos convencionales. 

El alcance del fototrampeo como herramienta de conservación tiene referentes internacionales que lo demuestran a escala mayor. El fotógrafo Steve Winter documentó grandes felinos para National Geographic usando trampas construidas a medida, colocadas con precisión quirúrgica para que el cruce del haz infrarrojo produjera no solo un registro, sino una imagen con belleza y lectura de comportamiento. El documental Path of the Panther —más de cinco años de producción, cientos de miles de imágenes capturadas con cámaras trampa— logró movilizar políticas de conservación de corredores de fauna en Florida que de otro modo habrían tardado décadas en avanzar. Una fotografía puede hacer lo que un informe técnico, a veces, no puede: tocar algo. 

«He podido acompañar procesos muy importantes de educación y conservación con especies muy elusivas que probablemente no se habían fotografiado antes con buena calidad —dice Juan Camilo— trato de ponerlas al servicio de esos procesos de educación.» Cuando alguien ve por primera vez el retrato de un oso andino en el corazón del bosque —iluminado con flashes cuidadosamente diseñados, con el contexto del ecosistema visible en el fondo—, algo se activa que ningún dato estadístico podría lograr solo. 

Claro que la técnica exige responsabilidad a la altura de su poder. El fototrampeo ético tiene reglas que no son negociables: obtener permisos en áreas protegidas, jamás usar cebo para atraer animales, evitar zonas de cría o nidos, monitorear reacciones ante los flashes —hay evidencia científica de que ciertos tipos de luz generan estrés en algunas especies— y saber cuándo retirarse. El animal siempre primero. La foto, después. Y nunca al costo del bienestar de lo que se quiere proteger. 

La misma lógica, por cierto, ya existe bajo el agua. Se han diseñado cámaras trampa submarinas que se activan ante la presencia de fauna marina usando iluminación fuera del espectro visible para los peces —registrando comportamientos en el arrecife sin que sus habitantes sepan que los están fotografiando—. En bosque, manglar u océano: cuando te alejas con respeto y con diseño responsable, la naturaleza se acerca. 

«Lo muy bonito —reflexiona Juan Camilo— es el aprendizaje a largo plazo sobre el proceso más que sobre el resultado final que sería la fotografía.» En eso, la cámara trampa se parece al mar: te obliga a ser paciente, a leer señales invisibles, a confiar en que el mundo que no ves sigue ahí —vivo, en movimiento, extraordinario—, esperando el momento justo para mostrarse. Y cuando lo hace, lo que cambia no es solo la imagen. Es quien la mira. 

Oso Andino: Juan Camilo Botero
Oso Andino: Juan Camilo Botero

Jacques-Yves Cousteau: el hombre que abrió la escotilla hacia el mundo submarino

Mucho antes de que el océano ocupara un lugar central en las conversaciones sobre conservación, Jacques-Yves Cousteau logró que millones de personas miraran bajo la superficie del mar con asombro y curiosidad. Inventor, explorador, cineasta y divulgador, transformó la manera en que entendemos el mundo submarino y abrió la puerta a generaciones de buzos y amantes del océano. A bordo del mítico Calypso convirtió las profundidades marinas en un territorio cercano y fascinante. Su legado sigue vivo como una invitación permanente a explorar y proteger el planeta azul.

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