Haddock o la nostalgia de un viejo lobo de mar

Es un amigo capaz de acometer hechos heroicos, no exentos de torpeza, cuando se trata de proteger la integridad de su inseparable compañero de aventuras, el intrépido e idealista reportero Tintín.

Por: Héctor Darío Gómez Ahumada

“Pues el peor enemigo del marino no es la tempestad que arrecia, no es la ola que se levanta espumeante, que bate el puente llevándose todo lo que encuentra a su paso, ni el arrecife pérfido escondido a flor de agua que rompe el flanco del barco; el peor enemigo del marino es el alcohol” (1) Archibaldo Haddock.

Este discurso en boca del inefable capitán de un barco mercante, que es, además, el presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos (L.M.A.), se convierte en evangelio necesario para uso de navegantes, si se tiene en cuenta que su autor ha sufrido en carne propia los desastres que producen los líquidos espirituosos, más perjudiciales que las aguas del mar. El capitán Haddock, por buen nombre Archibaldo, representa un riesgo para sí mismo, ya no digamos para su entorno; y como un viento de proa amenazante, el mal genio de este navegante se debe sortear con inteligencia y determinación.

Por lo demás, Haddock, viejo lobo de mar, es un amigo capaz de acometer hechos heroicos, no exentos de torpeza, cuando se trata de proteger la integridad de su inseparable compañero de aventuras, el intrépido e idealista reportero Tintín, o bucear en el fondo del mar Caribe para rescatar unas botellas de ron.

El 9 de enero de 1941, hace algo más de 78 años, se tuvo la primera noticia oficial de este caballero de mar, cuando el suplemento juvenil del periódico Le Soir Jeunesse, de Bruselas, del cual era editor Georges Rémi (Hergé), publicó El Cangrejo de las pinzas de oro (2), donde se narran las aventuras de Tintín, secuestrado a bordo del carguero Karaboudjan por el contramaestre Allan Thompson y sus secuaces, a espaldas de Haddock, cómo no, a la sazón capitán del barco armenio, pero totalmente alejado de su gobierno e inocente del tráfico de opio en sus bodegas, por encontrarse confinado en su camarote en deplorable estado alcohólico. Gracias a la astucia de Tintín, que logra escabullirse de su cautiverio hasta llegar a la litera del capitán, escapan de sus captores, y a partir de entonces surge entre ellos una sólida y perenne amistad.

“Soy el capitán Haddock, ¡truenos y relámpagos!, y el único que manda a bordo después de Dios…” (3)

Pero, ¿quién es el capitán Haddock? Aparte de ser el único que manda en el barco expedicionario Aurora, después de Dios, claro está, este marino viene de una estirpe de hombres de mar que se remonta a Francisco, caballero de Hadoque, capitán de la marina del Rey, comandante del Unicornio, hermoso barco de vela de la escuadra de Luis XIV, según se menciona en sus memorias (4), cuyo parecido con nuestro héroe es pasmoso, a juzgar por la pintura que nos muestra Hergé en el episodio del Secreto del Unicornio.

De modo que su vocación oceánica le viene de antiguo, desde el siglo XVII, cuando la esfera terrestre se estaba dilatando allende los mares ante los ojos alucinados de los marinos que, como el caballero Francisco de Hadoque, surcaban el mar Caribe con destino a Europa en navíos que sorteaban tempestades y piratas, como el temible Rackham el Rojo, con su carga de oro, joyas y barricas de ron de Jamaica para delicia del buen comandante del Unicornio, que compartía con su descendiente el gusto por el licor.

En cualquier caso, lo que parece seguro es que el alcohol le corre literalmente por las venas al capitán Haddock. Y también el espíritu aventurero. No es casual que después de su odisea en el Karaboudjan, Tintín y el Capitán Haddock, amén de su valentía, se reconocieran como almas gemelas en la aventura, no obstante ser muy diferentes en la manera de enfrentarla: inteligente, ágil, audaz y calculador el joven periodista; sanguíneo, impetuoso, torpe y brutal el viejo lobo de mar.

El mar de las aventuras

Convengamos en que toda aventura implica viajar. Y sobre este particular creo con Giovanni Papini que las obras literarias más populares son libros de viajes: La Odisea, Simbad el marino, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, en fin, podría agregar Arthur Gordon Pym, Moby Dick, y La Isla del Tesoro, por citar solo algunos. A través del viaje se conocen verdaderamente las personas, y no hay mejor forma de hacerlo que por mar. Al fin y al cabo, como sostiene Agustín de Hipona, somos peregrinos en tránsito. Así pareció entenderlo Hergé, pues en quince de los veintitres álbumes de Tintín aparecen barcos en escena, según lo pone de presente Yves Houreau en su libro ¡Rayos y truenos! Tintín, Haddock y los barcos (1999).

De tal suerte, Tintín y Haddock abordaron entre muchos otros un barco foquero, como el Aurora, para su expedición ártica en busca de un aerolito; y un pesquero, el Sirius del capitán Chester (uno de los pocos amigos de Haddock aparte de Tintín), para ir en busca del tesoro de Rackham el Rojo en las Antillas; también se embarcaron subrepticiamente en el carguero Pachamac en el puerto del Callao, en Perú, tras el misterio del Templo del sol; abordaron asimismo el lujoso yate Sheherazade del magnate Rastapopoulos, el carguero Ramona con bandera de Panamá y un Sambuck de pesca en el mar Rojo, en fin, viajaron en canoas, balleneras, lanchas, piraguas, barriles con tablas flotantes e incluso en un submarino – escualo diseñado `por el Profesor Tornasol para explorar las profundidades del Caribe (5), todos ellos dibujados por el belga Georges Remí (Hergé) en su obra, con un nivel de detalle inverosímil.

Genio y figura. Y yo aún diría más: mal genio y magra figura.

Archibaldo Haddock, cascarrabias donde los haya, es un nostálgico, como suelen ser los hombres de mar. Sin embargo en él los cambios repentinos de humor producidos por el licor (bien sea whisky John Haig o Loch Lomond, pisco del Perú, oporto, ron caribeño o un vinillo rosado de esos que acostumbra escanciar el entrañable Oliveira), podrían sugerir un temperamento bipolar, si el término se admite, pues son proverbiales sus estados eufóricos que lo impulsan a emprender grandes acciones, que derivan repentinamente en llanto sin razón aparente. Haddock es un hombre de lágrima fácil. Al respecto el diario el Mundo de España, en suplemento del Domingo 17 de abril de 2011, con ocasión de los 70 años del capitán Haddock, señalaba que para crear este personaje, Hergé se inspiró en una noticia de prensa que se refería a un capitán de barco alcohólico que había muerto encerrado en su camarote debido a la borrachera que le impidió salvarse durante una tormenta en alta mar. Es decir, que el origen de nuestro capitán está en un hombre solitario, melancólico, ajeno a las cosas de tierra firme olvidadas dentro de tanto mar. Es también un hombre magro, acaso porque el espíritu triste seca los huesos como sentencia uno de los Proverbios del Antiguo Testamento. No obstante, disimula su flacura con un grueso pulóver azul que le va muy bien con la pipa y su gorra de capitán. Valga decir que el exceso de alcohol tampoco le ayuda a tonificar su musculatura, si bien es capaz de sacar fuerza extraordinaria del humor sanguíneo cada vez que se requiere.

Pero volvamos a su temperamento de los ¡mil demonios! Ni qué decir tengo que nuestro simpático cascarrabias, enfermo del hígado como es de suponer, logra canalizar su furia merced a una retahíla de insultos que suele proferir y que realmente no lo son, porque se trata más bien de expresiones rebuscadas que adquieren un carácter, digamos esotérico, en la voz del capitán. Con todo, resulta comprensible que Hergé no hubiera puesto en voz de Haddock las expresiones vulgares e irrepetibles escuchadas a los marinos en los cafetines del puerto de Amberes, por tratarse la suya de una publicación destinada al público infantil y juvenil. Sea como fuere, lo cierto es que en sus arrebatos de ira, Haddock utiliza palabras tales como emplastos, trogloditas, desarrapados, aztecas, sapos, vendedores de alfombras, ganapanes, ectoplasmas, dinamiteros, nictálopes, coloquíntidos, marineros de agua dulce (cómo no), bachibazucs, zulús, doríforos, macacos, parásitos, papanatas y un largo etcétera. Mas es lo cierto que sus expresiones favoritas y recurrentes son: ¡mil millones de rayos y centellas! y ¡mil millones de millares de mil demonios!, hasta el punto de que la mala peste, como se refiere Haddock a Abdallah, el travieso hijo del emir Ben Kalish, se dirige a éste como Mil rayos (6).

“Es un viejo lobo de mar, un poco abrupto de momento, pero que oculta bajo esta ruda corteza un alma sencilla de niño inocente…” (7)

Bianca Castafiore, cantante lírica de fama internacional, en declaraciones al Paris – Flash se refiere en términos muy generosos al capitán. Resulta curioso que esta Diva entrada en carnes, incapaz de recordar el apellido del capitán, pues lo llama indistintamente Kappock, Mastock, Kosack, Hammock, Kolback, Karbock o Hocklock, haya sabido encontrar la ternura que esconde tras la coraza de brutalidad que lo distingue. Siendo así las cosas, era de esperarse que la glamorosa revista del corazón sugiriera de manera tendenciosa un eventual romance entre el Ruiseñor Milanés y el capitán. Nada más lejano a las intenciones del viejo lobo de mar que, como soltero empedernido, decide poner al pairo su navío antes de aventurarse en el océano abisal del matrimonio.

Por otra parte, creo haberlo dicho, el capitán es hombre de pocos amigos. El círculo más íntimo está compuesto por Tintín (como resulta evidente), inseparable desde su aventura en el Karaboudjan; el capitán Chester, caballero de mar conocido de vieja data, que tuvo a bien prestarle su barco, el Sirius, para la aventura en las Antillas; y finalmente se cierra el cerco con el Profesor Tornasol, arquetipo del científico loco y despistado, pero entrañable en el corazón de Haddock pues gracias a su generosidad el capitán recuperó el Castillo de Moulinsart perteneciente a su familia desde los tiempos de Francisco de Hadoque.

Lo que parece indiscutible es que el capitán Haddock es hombre de mar por naturaleza; el océano está ligado a su espíritu como un atavismo que lo libera de la atracción terrestre. Cuando el mar desaparece en la comodidad de su castillo él siente como si hubiera sufrido una amputación; la melancolía es inevitable, la asfixia lo invade. Prefiere navegar a la deriva en pos de nuevas aventuras con su amigo Tintín que languidecer entre bostezos y copas de licor en Moulinsart.

Esa es la estampa del capitán Haddock, Presidente de la Liga de Marinos Antialcohólicos, por buen nombre Archibaldo. ¡Salud!

(1) “El Cangrejo de las pinzas de oro”, página 62.

(2) Fuente: sitio oficial es.tintin.com

(3) “La Estrella misteriosa”, página 19

(4) “El secreto del Unicornio”, página 14.

(5) “El Tesoro de Rackham el Rojo”, página 37.

(6) “Stock de coque”, página 5

(7) “Las joyas de la Castafiore, página 22

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