Agenda del mar

El páramo en el océano

Por: Agenda del Mar - Publicado: 05/04/2021
Fotos: Kevin Molano Alarcón y Mónica Ledezma Morales, participantes Fotoconcurso Agenda del Mar
Los picos de la alta montaña ecuatorial han sido considerados un “archipiélago entre las nubes”, islas de una biodiversidad apenas más sólida que el agua que emergen en un océano de vapores condensados que la máquina solar ecuatorial mueve incesantemente.
Por: Brigitte Baptiste, Bióloga, rectora de la Universidad EAN
Artículo escrito para el libro "Hacia dónde van nuestros océanos" de la Agenda del Mar

Los picos de la alta montaña ecuatorial han sido considerados un “archipiélago entre las nubes”, islas de una biodiversidad apenas más sólida que el agua que emergen en ese océano de vapores condensados que la máquina solar ecuatorial mueve incesantemente.

De allí descienden todos los ríos y entre las mismas nubes cavan las laderas y alimentan los arrecifes de niebla, llenos de cardúmenes de aves de colores y de plantas que parecen animales… En la humedad del planeta andino, he visto un cóndor lanzarse como mantarraya aguas abajo hacia las profundidades y morenas refugiadas entre ramas de árboles como gorgonas, donde los musgos son esponjas y las orquídeas corales. Y el frailejonal que habla así con el manglar a través de la humedad incesante.

Pensamos que los ríos se detienen al llegar al mar, y en los estuarios como el fin del mundo, un poco el borde del continente más allá del cual la lógica de la montaña se desvanece. Pero en la costa el agua sólo descansa, toma un respiro y continúa su viaje a lo insondable pagando su tributo de nubes al huracán en la estación propicia, dejando una marca de sal en las planicies en tiempo de calma, suficiente incluso para formar catedrales. Y también marcas de huesos y de conchas en tiempos geológicos, cuando el páramo descansaba en el lecho marino, antes de que los volcanes lo precipitaran al firmamento; un abrir y cerrar de ojos en la danza de Gaia.

Porque al mar no sólo se llega bajando por las cascadas. También subiendo por las lagunas negras y azules y cristal del páramo que son el espejo del mundo de arriba, donde la luna y el sol reflejan el misterio de la creación y donde el ciclo del agua se extiende por otro universo además del nuestro. Lo saben los pueblos indígenas que migran año a año desde la costa o el llano hasta la nieve y ayunan en silencio para dejar fluir el pensamiento y que se completen los ciclos universales. Las caracolas que llevan en sus mochilas los acompañan.

Los peces barbudos y los cangrejos se acomodan al agua fría y dulce, y todo es movimiento en el delta cuando el manantial de la montaña se sala. Se mueven aguas arriba, aguas abajo según esos tiempos, y sus familias se extienden por todos los climas de la montaña, demostrando que la evolución en las cordilleras mantiene viva la historia compartida de sus especies, la unidad genética de todos los seres.

El páramo navega en el océano, el océano está siempre presente en las cumbres.

Pero en la costa el agua solo descansa, toma un respiro y continúa su viaje a lo insondable, pagando su tributo de nubes al huracán en la estación propicia, dejando una marca de sal en las planicies en tiempo de calma, suficiente incluso para formar catedrales.

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