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En el mar nos encontraremos a nosotros mismos

"El mar no recompensa a los que están demasiado ansiosos, demasiado codiciosos o demasiado impacientes"

Por: Suboficial Primero Alex Flórez Schorboght, para Revista La Escafandra, Escuela de Buceo de la Armada Nacional

Si el planeta guardara misterios, muy posiblemente los más extraños estén en el fondo del mar, a kilómetros de profundidad. Secretos como ciudades hundidas, animales colosales jamás vistos, las cuales escapan a la imaginación, singulares tesoros perdidos desde la antigüedad y quién sabe qué otras cosas indescriptibles, dignas de una gran novela de ficción, ocultas en las profundidades.
En un momento de tertulia entre amigos o después de una extenuante jornada de trabajo, al final, los buzos siempre compartimos nuestras vivencias, siendo estas agradables, increíbles y otras descritas como “aterradoras”, donde logramos sobrevivir para contarla, siendo estas dignas para una escena de película, que afortunadamente, salen bien y otras, nos conmocionan y no olvidamos.


La grandeza del buceo, la sensación de ingravidez, el silencio en las profundidades y el
ver a la naturaleza en su máximo esplendor, se pierde en ocasiones cuando la necesidad de la inmersión, es en atención a una tragedia que se ha presentado. Como parte de las actividades desarrolladas por los buzos militares está la recuperación de cuerpos sin vida que el mar reclamó para sí. La búsqueda de un padre, una madre, hermano o hijo en algún cuerpo de agua, es compleja y cuestionada, debido a que se piensa, ¿vale la pena arriesgar más vidas para buscar un cadáver? Considero que sí, ya
que, igual, el cuerpo es materia y el espíritu es lo que importa, pero, quizás tener ese cuerpo inerte amilana el dolor de la pérdida de ese ser querido y el acto simbólico de darle un digno entierro, atenúa el sufrimiento a esa familia, por ello si vale la pena el esfuerzo.


Desde que inicié en esta singular profesión, como buzo he tenido que asistir a momentos muy duros, de personas que han desaparecido en el mar o en un río:
“El recuperar una víctima, es un momento difícil, pienso en mi esposa, mis hijos y la ausencia que esta persona que ya partió, deja en sus familias”.
Muchas personas tienen la impresión de que los entornos submarinos son como en los documentales: claros y cristalinos, con paisajes coloridos, pero en esta ocasión el escenario dictaba todo lo contrario. Era de madrugada cuando recibí una llamada que anunciaba un trágico hecho, se trataba de la desaparición de una persona, que desarrollaba buceo libre (apnea) en una pequeña dársena en el Urabá Antioqueño, en aguas turbias, propias de un río.
Este se sumergía con el fin de verificar con el tacto, que una barcaza que iba a ser intervenida en astillero, estuviera posicionada en unos rieles.
Sus amigos siempre le oían decir referente a esta práctica que “así siempre se ha hecho y no ha pasado nada”.

Habían transcurrido 2 horas de su desaparición cuando llegamos al sitio, después de verificar nuestros equipos, analizar la información y ultimar algunos detalles e instrucciones de la búsqueda, mire mi reloj, indicándome que eran las 6:00 am, cuando ingresamos al agua. Recuerdo que realice un reconocimiento cauteloso del área con mi linterna, pero esta era inútil debido a la sedimentación flotante en el agua y porque me encontraba debajo de la barcaza, con el pecho pegado al fondo, a escasos 1.5 metros de espacio entre el plano del artefacto naval, hasta el fondo, con “telarañas” de guayas en mal estado depositadas en el fondo y la ansiedad de encontrar el cuerpo cara a cara
en medio de la oscuridad. Transcurrido unos escasos 30 minutos de buceo, sentí que mi línea de vida, que es una cabo (cuerda) con la que me sujeto a mi compañero, para tener comunicación por medio de jalones y mantener un patrón de búsqueda uniforme, esta se tensionaba y posteriormente sentía frenéticos jalones que anunciaban el trágico encuentro.


Seguí mi línea y mi compañero de buceo se aferró a mi mano y la condujo hasta llegar a una mano dura e inerte. Mentalmente le pedí a Dios que me diera fortaleza para afrontar este momento y procedí a conducir el cuerpo a la superficie y a improvisar un arnés para conducirlo a la orilla, pero no fue posible terminar debido a que sus familiares, desesperadamente, ingresaron al agua para sacarlo pretendiendo reanimarlo, pero ese esfuerzo ya no era necesario, el agua ya había tomado una decisión.
Por qué de este relato, porque los accidentes de buceo o los relacionados con el agua, tienen como un común denominador, el exceso de confianza: El mar no recompensa a los que están demasiado ansiosos, demasiado codiciosos o demasiado impacientes. Contradictoriamente, la mayoría de accidentes de buceo no se dan en complejas operaciones de salvamento marítimo de alguna embarcación o en operaciones de ingeniería submarina que incluyen diversos equipos o maquinaria, si no, en buceos recreativos y de carácter científicos, que son aparentemente más sencillos y en condiciones más adecuadas.


La voz del mar le habla al alma. Los buzos militares necesitamos del mar porque nos
enseña, para nosotros, el mar es un confidente, un amigo que absorbe todo lo que le cuentan sin revelar jamás el secreto confiado.
Es importante mantenernos en constante entrenamiento, cumplir las políticas de seguridad y conocer las normas que buscan mejorar la práctica de esta disciplina, rechazando siempre la confianza
porque nos desconcentra:
“El mar es dulce y hermoso, pero también puede ser cruel cuando no se le respeta”.

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