El Golfo de Morrosquillo, modelo de manejo participativo del carbón azul

Colombia tiene cerca de 290 mil hectáreas de manglar, pero estos ecosistemas están altamente amenazados, no solo en el país sino en todo el mundo.

Colombia tiene cerca de 290 mil hectáreas de manglar, pero estos ecosistemas están altamente amenazados, no solo en el país sino en todo el mundo. Vida Manglar es un ejemplo de trabajo articulado entre las instituciones y las comunidades locales, y está a punto de convertirse en el primer proyecto de carbono azul certificado con una metodología desarrollada específicamente para humedales costeros.

La costa pacífica de Colombia tiene la extensión de manglares más continua y en mejor estado de América Latina. En el Caribe, a pesar de que hemos perdido una gran parte de nuestros manglares, aún tenemos sitios muy bien conservados y praderas de pastos marinos.

 

Esto es importante pues los ecosistemas costeros son muy eficientes en capturar el dióxido de carbono, almacenarlo durante mucho tiempo y reducir así los efectos del cambio climático.

 

El llamado “carbono azul” es aquel que se almacena y se captura a través del proceso de respiración en estos ecosistemas (pastos marinos y manglares). Puede permanecer especialmente en los sedimentos durante decenios, y esta es la razón por la cual debemos cuidar lo que nos queda de los sistemas costeros, para que no se conviertan en emisores de gases de efecto invernadero.

 

“Nosotros tristemente le hemos dado la espalda a nuestros mares. Sin embargo, en los últimos años Colombia ha venido entendiendo, poco a poco, la necesidad de implementar acciones urgentes para conservar los manglares. Como país hemos hecho una apuesta para tratar de promover la conservación de esos ecosistemas”

dijo recientemente María Claudia Díazgranados, de ?Conservation International, durante un evento virtual transmitido a través de las redes sociales sobre la Estrategia Climática de Largo Plazo de Colombia E2050.

 

Uno de los principales problemas que se ha tenido históricamente para preservar estos ecosistemas en el país, y principalmente en la costa Pacífica, es la tala ilegal del mangle, que se ha presentado durante muchos años dado que su madera es muy resistente y codiciada en el mercado.

 

Además, en el Caribe, los manglares han enfrentado grandes riesgos por la construcción de megaproyectos turísticos o carreteras, así como la expansión de las fronteras agrícolas y ganaderas.

 

“Los manglares proveen una gran cantidad de beneficios ecosistémicos, protegen las costas de la erosión y del aumento del nivel del mar, además generan alimentos y alternativas económicas para las comunidades. Por eso tenemos que adelantar acciones concretas para evitar que se degraden y, por el contrario, buscar que podamos ampliar su cobertura”, explicó María Claudia Díazgranados.

 

Pero, pese a que se conocen sus beneficios, se estima en el mundo se ha perdido el 67% de la cobertura de manglar y el 40% de pastos y marismas. Este último ecosistema no existe en Colombia ni en ningún país de la franja ecuatorial, pues este tipo de terreno bajo y pantanoso solo se da en aquellas zonas en las que hay estaciones.

 

Bonos de “carbono azul”

Vida Manglar es una apuesta interinstitucional y comunitaria que recoge el trabajo que se ha hecho durante más de 20 años en el Golfo de Morrosquillo con el liderazgo de muchas entidades como la Corporación Autónoma Regional de los Valles del Sinú y del San Jorge (CVS), el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras “José Benito Vives de Andréis” (Invemar), la Fundación Omacha, Conservación Internacional y las comunidades locales.

 

Gracias al liderazgo del Invemar y la CVS, en el 2014 y 2015, se inició a pensar en una estrategia para gestionar recursos financieros y mantener el trabajo conjunto con las comunidades. Ese primer proyecto REDD+ se pensaba certificar con el estándar de Plan Vivo. Sin embargo, en el 2018, gracias al apoyo de Conservación Internacional y Apple, acordamos transformar ese proyecto, utilizando una metodología científicamente más robusta, desarrollada por VERRA para manglares y otros humedales costeros. La metodología fue finalmente aprobada a finales del 2020, razón por la cual este es el primer proyecto que sería certificado bajo ella.

 

Vida Manglar, nombre que las comunidades eligieron para el proyecto, recoge toda la experiencia de años de trabajo previo y de coordinación interinstitucional. Su objetivo es reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a través del manejo adecuado de los manglares, la promoción del desarrollo sostenible, el fortalecimiento de la gobernanza local y la promoción de alternativas productivas sostenibles, inicialmente en el DRMI de Cispata y posteriormente en las áreas de Caimanera y Guacamayas, todas ellas ubicadas en el Golfo de Morrosquillo.

 

El proyecto fue revisado por Aenor, una empresa española que hizo la verificación con los actores estratégicos y su validación con las comunidades. En abril de 2021, Vida Manglar debería contar con la aprobación de Verra. Todo esto para tener los créditos que se conocen como bonos de carbono azul. Cada bono equivale a mil toneladas de CO2 y se pueden vender en el mercado regulado nacional como parte del impuesto al carbono, o en el mercado voluntario internacional.

 

El dinero que se recoja de la venta de estos bonos de carbono azul, sumado a los aportes de cooperación internacional y los que se puedan gestionar con el sector público en el país, servirán para reinvertir en la protección y restauración de los manglares en los próximos 30 años y en la financiación de actividades que generen ingresos a las asociaciones comunitarias que trabajan en la región.

 

Se espera que Vida Manglar sea un modelo que se pueda replicar en otras regiones del país y, posiblemente, en otros países que tienen extensiones de mangle amenazadas por actividades humanas. El Colombia, el Gobierno Nacional ya tiene el plan de replicar un modelo similar el al menos otros 5 sitios en el Caribe colombiano, buscando al menos medir la cantidad de carbono que estos ecosistemas almacenan.

 

Podría decirse que el trabajo de protección del mangle y las iniciativas participativas con las comunidades se parece más a una carrera de resistencia que de velocidad y esa misma lógica puede aplicarse para las inversiones que se necesitan. “Como dice Fabio Arjona, director ejecutivo de Conservación Internacional para Colombia, uno no necesita mucha plata de una vez sino poquita plata durante mucho tiempo para lograr que realmente se hagan acciones y se tenga un impacto significativo”, explicó María Claudia Díazgranados en su intervención para E2050.

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